20.7.18

TRATA, AUNQUE NO LO PAREZCA, DE CÓMO UN HOMBRE CONVERTIDO EN INSECTO SE FUMIGA A SÍ MISMO

Es sábado por la noche y pasan Trainspotting por televisión.

Son casi las dos de la mañana.

Yo estoy barriendo mi casa.

Levanto del piso restos de cucarachas calcinadas por la acción de un potente insecticida.

Estoy mareado, pero aún así no me asusta la faena de limpieza. Además, el aturdimiento tiene que ver, también, con el hecho de que bebo cerveza. Por otro lado, estoy cansado. Llevo más de cuatro horas batallando con unas cucarachas que ingresaron a mi departamento por vía de un mueble usado, hasta infestar todo mi hogar. A estas horas, parece que he logrado exterminarlas, sólo que a costa del menoscabo de mis pulmones.

Son las dos de la mañana y pasan Trainspotting por televisión. Ése es el hecho. Quiero decir: el punto que motiva esto que estoy diciendo. Si no recuerdo mal, esa película se estrenó en 1996; es decir, hace veintidós años. En ese entonces yo no perseguía cucarachas los sábados por la noche; en todo caso, buscaba alguna reunión, alguna fiesta en la cual reír con mis amigos, alguna mujer con la cual desahogar mi deseo sexual, siempre renovado.

Hace veintidós años todavía no conocía a Karla, mi esposa. Todavía no estábamos esperando bebé. Y no tenía departamento propio que limpiar ni mucho menos fumigar. No pasaba las noches de los sábados removiendo muebles ni pasando la escoba por el piso recogiendo cadáveres calcinados. En todo caso, recogía a los amigos que caían al piso, totalmente ebrios. O cogía con las mujeres que me acompañaban a mi cuarto de soltero: una habitación de pocos metros cuadrados sin ventilación y sin baño. Por cierto: todavía falta que revise que no habite ningún bicho dentro del sanitario. Iré a ello. 

Es sábado por la noche y pasan Trainspotting por televisión. Antes de entrar al baño, miré la escena en la cual Renton está a la caza de una mujer, frente a una pista de baile. Su vestimenta me hizo recordar la mía hace veintidós años. Yo también utilicé playeras ajustadas, aunque ahora las evite para no exhibir mi estómago abultado. Además, era igual de torpe para abordar mujeres. Bueno, sólo sobrio, porque ebrio me animaba incluso a besarlas sin cruzar palabra de por medio. Sólo un par de veces tuve problemas por eso. De uno de esos besos tengo una cicatriz en la ceja.

He matado un par de insectos en el baño. Uno de ellos, sobre la ventana, y otro, en la cortina que aísla la regadera. He vuelto a rociar insecticida, lo cual me ha provocado mareo. Además, estoy salivando demasiado; tal vez sea una reacción más al químico. O tal vez no. El caso es que he colocado más insecticida y pienso que fue una buena decisión mandar a Karla a casa de su mamá, pues debo evitar que, en su octavo mes de embarazo (y contando), respire este aire que puede perjudicar también a la bebé.

Será niña. La bebé. Se llamará Minerva. Estoy emocionado por ello. Debo decirlo pues a pesar de que en este momento se me han antojado varias cosas —salir a beber, drogarme nuevamente, acostarme con una jovencita como la que poseyó hace un momento Renton— no saldré de casa esta noche a pesar de ser sábado, pues estoy acondicionando el departamento para que ella lo encuentre limpio, muy limpio cuando llegue. Por eso soporto el olor a insecticida.

Son casi las tres de la mañana. La película ha terminado. Mi trabajo también. Ahora el sistema de cable transmite soft porno. Se me ocurre que aprovecharé la ducha que tomaré para masturbarme. Y es que hace semanas que no fornico, pues mi mujer casi no tiene apetito sexual. Eso, desde luego, es un problema, pero lo enfrento lo mejor que puedo.

Ahora se me ocurre que puedo salir, ¡estoy solo!, puedo ir a buscar a alguien. Pero no, permaneceré encerrado, pues estoy viejo, gordo, apesto y en estas condiciones es imposible que pueda ligarme a una mujer, Además, he perdido el espíritu de aventura. Aunque no el apetito de sexo, de droga, de alcohol. En fin: debo controlarlo. Debo hacerlo, sí.

Frente a la calle, me siento extraño. Son las tres y tantos de la mañana y no sé exactamente a donde ir. Claro: vivo en el centro de la ciudad y si me dirijo a la zona de bares, seguro encontraré algo abierto, pero ¿para qué?

Listo: ya tengo una mesa y una cerveza frente a mí. Lo de siempre: a esta hora los borrachos ya están cantando. O peleando. Bueno, pelando no: vociferando cualquier tontería. Busco por el lugar: hay varias mujeres a la vista, pero todas están ebrias, como sus hombres. Todas, excepto un par. Platican, se besan. Sonríen. A mí, claro. Digo “claro”, porque si no me sonríen se acaba el relato y no quiero terminarlo pues es sábado por la noche y estoy muy aburrido. Así que me sonríen. ¿Se acercan o me acerco? Me acerco. Pido tres cervezas. Hablan. Dicen que son filósofas. Estudian en la UACM. Están por titularse. Les comento que tengo entendido que en esa institución nadie se titula. Ha sido un despilfarro esa universidad, increpo. Se molestan. Dicen que pienso como un hombre de derecha. Seguro eres un estúpido panista. Digo que no soy un hombre de derecha, pero tampoco formo parte de la izquierda que piensa que hay que malgastar el dinero en gente parásita que dizque estudia. Eres un pendejo, insultan. Reviro: no soy un pendejo; sólo lamento que el dinero del gobierno, que es mi dinero, se despilfarre. Ríen a carcajadas. Gritan: ¡Oi al pendejo. Cree que el dinero del gobierno es su dinero! Respondo: De entrada, no se dice “oi”, sino oye. ¿En serio ni eso les enseñan en esa “universidad”? Y en segunda afirmo que el dinero que malgasta el gobierno en ustedes es mío pues yo sí tengo un empleo y pago mis impuestos. Así que no soy un pendejo. Soy un alienado, si quieren, pero no soy un pendejo. Y como además cuento con credencial de elector, la próxima vez que vote lo haré por un candidato seguro, o sea, que no ponga en riesgo el statu quo tirando el dinero en la falsa educación de gente como ustedes.  Riendo aunque visiblemente furiosas, responden: no sólo eres un pendejo, también eres patético; das lástima, carnal; y chocan las botellas que les invité, sin brindar conmigo. Digo sonriendo, ¿si, verdad? Pero, ¿saben? Yo no solía ser así: yo fui un drugstore cowboy de los noventa, un raver como Renton en Trainspotting. Ambas hacen un gesto de extrañeza, pues no saben a qué o a quién me refiero. ¿¿¿Cómo??? ¿No saben a qué me refiero? ¡¡Quiero decir que me metía un chingo de droga, perras!! ¿¿En qué puto mundo viven si no saben lo que es un drugstore cowboy ni conocen a Renton de Trainspotting?? ¿Ni siquiera les dan un poco de cultura en esa universidad? ¡Vaya mierda! Estallan. Adoptan una actitud beligerante que reconozco de inmediato. Una de ellas me quiere golpear pero la esquivo. La otra me escupe y la primera quiere volver a abalanzarse sobre mí pero le pido que no me golpee pues tengo una mujer y pronto una hija, así que no puedo pelearme. Al instante llegan dos o tres hombres a sacudirme. No sé de dónde salieron ni si vienen con las mujeres, pero entre los dos me dan una paliza que sólo termina gracias a que repito, sin cesar, mi cantaleta: ¡¡¡soy un hombre casado que pronto se convertirá en padre, por favor no me peguen!!! Al principio les vale madre mi súplica, pero después se compadecen y me dejan en paz. Me dejan tirado sobre el piso húmedo del bar. Todos los que me rodean se ríen de mí.  

Sangro. Me duele el cuerpo. Salgo del bar. Decido caminar a casa. En el camino, me encuentro con muchos borrachos sobre Avenida Juárez. Unos me encaran. Otros se ríen. Algunos más me miran con asco, tal vez con odio. Decido echarme a correr.

En casa, el olor a insecticida permanece. Con ese hedor saturando mi olfato, me quito la ropa, me meto al baño, abro la regadera del agua caliente y cierro los ojos. Pienso en muchas mujeres. Primero en todas aquellas con las que me acosté alguna vez. Después, en aquéllas con las que me hubiera gustado acostarme. Comienzo a masturbarme. Pienso en Uma Thurman, en Cameron Diaz, en Scarlett Johansson, en Fey, en Belinda.

Pero luego pienso en mi hija y al instante dejo de estimularme.

Decido terminar el relato e irme en el acto a dormir.   

por Jaime Magdaleno

4.7.18

Tu voto cuenta (aunque no cuente): México y AMLO 2018.

“[…] Diógenes decía: “¿De qué sirve un hombre que ha pasado todo el tiempo filosofando sin inquietar a nadie?”. Adhiero a esta definición de la filosofía: inquietar, inquietar al fulano lleno de certezas, inquietar al clon que cree que piensa cuando se contenta con duplicar la panoplia de su tribu (tanto de izquierda como de derecha, incluyendo a los anarquistas), inquietar al charlatán que actúa como espejo de su tiempo y de su época, inquietar al lorito del momento que vocaliza las órdenes lanzadas por una sarta de cretinos formadores de opinión. En resumen, inquietar”.
Michel Onfray. Filosofar como un perro.

“Mi pecho no es bodega”
Frase popular escuchada a Andrés Manuel López Obrador durante su primera conferencia de prensa en Palacio Nacional.

Inquietante: la idea de que el fraude ocurrió y nadie se dio cuenta. Inquietante: la idea de que en esta ocasión el fraude no consistió en la imposición de un candidato como Presidente de la República. En esta ocasión, el fraude fue la elección misma.

Habría que explicar que la frase: “el fraude fue la elección misma” está enmarcada en la tesis del “dulce engaño”, a partir de la cual Louis Althusser expone la utilización de los aparatos ideológicos del Estado por parte de la clase dominante para asegurar la reproducción de las condiciones de explotación de la clase trabajadora. Así las cosas, pienso que en el contexto de la elección del primero de julio se movilizaron los aparatos ideológico-políticos y de información para implantar en la clase explotada la idea de la alternancia en el poder y de la democracia electoral.  Con ello, lo que buscó la clase hegemónica fue revitalizar la creencia en la efectividad de las instituciones burguesas, conjurando al mismo tiempo una revuelta social cada vez más latente. Con el triunfo premeditado-consensuado-acordado-pactado por la clase hegemónica y el equipo de Andrés Manuel López Obrador ganaron ambos: por un lado, la clase hegemónica aseguró la revitalización de sus instituciones político-electorales, así como la permanencia de la infraestructura económica y, por otro, el equipo de Andrés Manuel obtuvo la seguridad del respeto a su victoria en las urnas, la cual era un hecho que sólo necesitaba ser reconocido por las instituciones (electorales y de medios) de la burguesía. Tal vez Andrés Manuel López Obrador supone que toda vez que asuma la Presidencia de la República podrá generar los cambios profundos en el sistema político para acabar con la corrupción, la cual fue una de las principales ofertas de campaña. No obstante, esos cambios sólo podrán ser si no trastocan la infraestructura económica, con la cual Andrés Manuel se muestra sumiso o, como él dice, muy respetuoso.

Que AMLO se ha mostrado sumiso ante la infraestructura económica ha quedado de relieve tanto en el discurso de la victoria en el Hotel Hilton, como en la rueda de prensa que ofreció después de su encuentro con EPN. En ambas intervenciones ha asegurado, rotunda y enfáticamente, cual si fuera burócrata neoliberal, que:

-Mantendrá la autonomía del Banco de México.
-Mantendrá una política macro económica con equilibrios fiscales.
-No intervendrá en temas o asuntos financieros.
-No intervendrá en el tipo de cambio.
-No realizará expropiaciones ni desconocerá acuerdos o contratos firmados por los gobiernos del PRIAN.

Es decir: seguirá la doctrina económica neoliberal, que ordena la no intervención del gobierno en los asuntos económicos. AMLO se ha convertido en un político inofensivo para la infraestructura económica y, por lo tanto y siguiendo a Marx, no tendrá poder sobre la superestructura política (o sólo tendrá el poder político que la infraestructura económica le permita). En ese orden —y aunque él y sus fanáticos autodenominados “amlovers” no se dan cuenta— López Obrador sólo será un alfil de la burguesía en el combate a la corrupción. En otras palabras: López Obrador será el afanador que limpiará (o intentará hacerlo) la cloaca gubernamental de corrupción, sin necesidad de que los capitalistas se ensucien las manos. El combate a la corrupción se erige, así, en un instrumento para que el capital elimine una traba que entorpece la reproducción del propio capital, y que implica un costo de miles de millones de pesos.

Por lo anterior, y como ni mi pecho ni mi pensamiento son bodega, afirmo que:

1.- El Andrés Manuel López Obrador del 2018 dejó de ser un peligro para México, al adoptar principios económicos neoliberales que aplicará sin reservas. No obstante, la receta neoliberal “a la mexicana” estará condimentada con una pizca de asistencialismo y un pellizco de proteccionismo.
2.- El Andrés Manuel López Obrador del 2018 se ha convertido en un activo de la clase capitalista, al asegurarles:
2.1. La revitalización de las instituciones político-electorales burguesas, que cargaban con un enorme descrédito.
2.2. La pacificación del pueblo mexicano, peligrosamente al borde de la revuelta, sumido como está en la miseria, el despojo y la injusticia orquestadas y promovidas por los gobiernos neoliberales del PRIAN.
3.- El Andrés Manuel López Obrador del 2018 se convertirá en el afanador de la clase capitalista, que limpiará (o intentará hacerlo) de corrupción al gobierno, logrando con ello eliminar una costosa traba en la reproducción del capital.

Ahora bien: si usted votó por este orden de las cosas, lo felicito. En efecto, vale la pena celebrar, gritar, llorar y postear en las redes sociales toda suerte de parabienes, siguiendo el ejemplo de demócratas y ciudadanos tan insignes como Carlos Salinas de Gortari, Felipe Calderón Hinojosa, Vicente Fox Quezada o Enrique Krauze. No obstante, si como afirma el propio Andrés Manuel López Obrador, usted votó por una candidatura que represente años de lucha social, con referentes políticos como Heberto Castillo, Valentín Campa o Rosario Ibarra de Piedra, que sintetice luchas como la de los ferrocarrileros y maestros de los 50, la de los estudiantes del 68 y 71 o la de los damnificados del 85 y del 17, temo decirle que algo no va bien con el triunfo de AMLO, pues:

a)                   o bien él no se ha dado cuenta de que ha sido cooptado por el sistema neoliberal, convirtiéndolo en su activo y alfil.
b)                   o bien el que no se ha dado cuenta es usted y lo que está celebrando es que le estén tomando el pelo.

¿Quiere una recomendación? ¿Por qué mejor no piensa en construir una democracia popular, de base, verdaderamente representativa de los de abajo, que responda, no a los intereses de la clase hegemónica, sino a los intereses de los humillados y ofendidos de este país? Deje de pensar que la “revolución” es eso que le están presentando por televisión y mejor busque otras formas de lucha y acción. ¿Que necesita un referente? Vale, se lo proponemos: ¿por qué no voltea a ver a los zapatistas y a Marichuy y deja de enajenarse con las imágenes de Andrés Manuel López Obrador transmitidas ad nauseam por las “benditas redes sociales” o por cadena nacional vía el Canal de las Estrellas?


por Jaime Magdaleno

1.7.18

Tu voto cuenta (aunque no cuente): México 2018.

Si tiene usted pensado acudir a las urnas el primero de julio, tal vez esto sea de su interés:

En el texto titulado “Ideología y aparatos ideológicos del Estado (notas para una investigación)”, Louis Althusser hace una doble distinción del Estado:

a)    como aparato represivo “que funciona mediante la violencia” (ejército, policía, prisiones, tribunales); y,
b)    otras instituciones del Estado que operan, no a través de la violencia sino “mediante ideologías”, y cuya función radica, sobre todo, en inculcar subjetivamente la aceptación del poder del Estado por medios persuasivos, o, dado el caso, coercitivos.

Esto es: por vía de sus “aparatos represivos” y sus “aparatos ideológicos”, el Estado garantiza la sujeción y la dominación de la clase explotada mediante:

a)    la imposición del poder del Estado a través de sus aparatos represivos: ejército, policía tribunales y prisiones; o,

b) la difusión de la visión de mundo de la clase dominante por vía de sus aparatos ideológicos: prensa, televisión, radio, internet, con el fin de convencer o persuadir sobre las bondades de los valores de la misma clase (por ejemplo: libre mercado, democracia o elecciones), y sugestionar sobre la imperiosa necesidad de mantener el statu quo.

En cuanto a las “instituciones especializadas” que conforman los “aparatos ideológicos del estado”, Althusser proporciona la siguiente lista:

Son Aparatos Ideológicos del Estado:

a) los religiosos (el sistema de las distintas iglesias);
b) los escolares (el sistema de las distintas “escuelas” públicas y privadas);
c) los familiares (“La familia cumple, evidentemente, otras “funciones” y no sólo es aparato ideológico del estado. Interviene en la reproducción de la fuerza de trabajo. Es, según los modos de producción, unidad de producción y/o unidad de consumo”); 
d) los jurídicos (“El “derecho” pertenece al mismo tiempo al aparato (represivo) del estado y al sistema de aparatos ideológicos del estado”);
e) los políticos (el sistema político, sus distintos partidos);
f) los sindicales;
g) de información (prensa, radio, televisión, etcétera);
h) los culturales (literatura, bellas artes, etcétera).


Todos estos aparatos ideológicos tienen como finalidad última, ya lo dijimos, asegurar la posesión del poder del Estado por parte de la clase dominante, inculcando subjetivamente sus valores y sus intereses. En otras palabras: si el poder del Estado tiene como base la infraestructura económica, y esta infraestructura económica está controlada por la clase capitalista, será esta clase la que determine las características de la superestructura política y la superestructura ideológica para asegurarse el control de la clase explotada. Así las cosas, es la clase capitalista la que dota al sistema político y al sistema ideológico de sus cualidades, características o instituciones, para con ello asegurarse el poder del Estado. Siguiendo a Gramsci, Althusser propone que, por medio de los aparatos ideológicos del estado, la clase dominante difunde los valores burgueses que hacen posible tanto la “reproducción” de la explotación del trabajador, como la “reproducción” del poder y del aparato de Estado.

Dentro de los valores burgueses difundidos a través de los aparatos ideológicos me interesa resaltar, en este momento, un par: democracia y elecciones. Pero antes de ahondar en ellos, continuemos un rato más con Althusser.

De acuerdo con Althusser, los aparatos ideológicos se llaman así pues se encargan de dotar al conjunto social de ideología, entendida como “conjunto de representaciones y creencias” a las que se adhieren los sujetos “voluntaria o involuntariamente”, consciente o inconscientemente, y por medio de las cuales actúan política, cultural, económica, moral, filosófica o ideológicamente. Dichas representaciones:

se refieren al mundo mismo en el cual viven los hombres, la naturaleza y la sociedad, y a la vida de los hombres, a sus relaciones con la naturaleza, con la sociedad, con el orden social, con los otros hombres y con sus propias actividades, incluso a la práctica económica y a la práctica política (Althusser, 2016: 49).
Lo fundamental de estas representaciones es que se “naturalizan” o normalizan, pues están “dadas” en la sociedad:

Esta representación ellos se la encuentran dada al nacer, existiendo en la sociedad misma, de igual manera que encuentran existentes antes que ellos las relaciones de producción y las relaciones políticas en que deberán vivir. Al igual que nacen como “animales económicos” y “animales políticos” se puede decir que los hombres nacen “animales ideológicos”. Todo sucede como si para existir como seres sociales y activos en la sociedad que condiciona toda su existencia necesitaran disponer de una cierta representación de su mundo, la cual puede permanecer en gran parte inconsciente y mecánica, o al contrario ser consciente y reflexiva más o menos ampliamente. La ideología aparece así como una cierta representación del mundo, que liga a los hombres entre sí en la división de sus tareas, y la igualdad o desigualdad de su suerte (Althusser, 2016: 50).

Gracias a la ideología, la “división de tareas” adviene en división en clases sociales justificando, a su vez, la desigualdad; desigualdad y división que se asumen como “naturales”, pues se asientan en una “visión del mundo” que, como argamasa, mantiene unido al edificio compuesto por infraestructura económica y superestructura política:   

Si nos representamos la sociedad según la metáfora clásica de Marx, como un edificio, una construcción o una superestructura jurídico-política, elevada sobre la infraestructura de la base, sobre fundamentos económicos, debemos dar a la ideología un lugar muy particular […] hay que considerar que la ideología se introduce en todas las partes del edificio y que constituye ese cemento de naturaleza particular que asegura el ajuste y la cohesión de los hombres en sus roles, sus funciones y sus relaciones sociales (Althusser, 2016: 51).

Todo constructo social permanece cohesionado, entonces, por la ideología, la cual traduce representaciones de mundo sobre las cuales se asienta tanto la explotación/dominación como la pertenencia a una clase social:

La ideología está pues destinada ante todo a segurar la dominación de una clase sobre las otras y la explotación económica que le asegura su preeminencia, haciendo a los explotados aceptar como fundada en la voluntad de Dios, en la “naturaleza” o en el “deber” moral, etc., su propia condición de explotados. Pero la ideología no es sólo un “bello engaño” inventado por los explotadores para mantener a raya a los explotados y engañarlos: es útil también a los individuos de la clase dominante, para aceptar como “deseada por Dios”, como fijada por la “naturaleza” o incluso como asignada por un “deber” moral la dominación que ellos ejercen sobre los explotados; les es útil pues, al mismo tiempo y a ellos también, este lazo de cohesión social, para comportarse como miembros de una clase, la clase de los explotadores. El “bello engaño” de la ideología tiene pues un doble uso: se ejerce sobre la conciencia de los explotados para hacerles aceptar como “natural” su condición de tales; actúa también sobre la conciencia de los miembros de la clase dominante para permitirles ejercer como “natural” su explotación y su dominación (Althusser, 2016: 55).
Ahora sí, podemos regresar a los valores mencionados más arriba: democracia y elecciones.

El primero de julio México se sumergirá en un “dulce engaño”: acudirá a las urnas considerando que con ese acto tiene influencia sobre el poder político. No obstante, como quedó dicho anteriormente, el poder político lo detenta la clase dominante quien, para asegurarse su dominio mediante la sugestión, monta periódicamente un acto por medio del cual hace creer a la clase trabajadora y explotada, e incluso a la clase política, que comparte el poder. Las elecciones son ese acto por medio del cual la clase hegemónica intenta persuadir a los explotados (lumpen, trabajadores y burócratas) que comparte el poder con ellos y que, incluso, se somete a su libre elección de gobernantes. Nada más alejado de la realidad: la clase capitalista toma decisiones políticas a partir de sus intereses económicos (recordemos: la infraestructura económica determina la superestrucura política) por lo que la elección dista mucho de ser libre: los gobernantes son elegidos, no por el elector común, sino por el gran elector: la clase hegemónica.

Por lo anterior, todo miembro de la clase política que pretende allegarse al poder, detentado por la clase capitalista, requiere la aprobación de dicha clase. Por ello, en los hechos, el gobernante no gobierna: se convierte en la comparsa política de la clase a la que pertenece el poder. Así pues, todo aquél que reciba una constancia de mayoría para ejercer un cargo público, en realidad recibe la venia de la clase hegemónica, a quien previamente convenció de su docilidad y mansedumbre, que no pone en riesgo el sistema. Ello explica el intenso cabildeo realizado por los candidatos, quienes deben convencer a la clase dominante sobre la inocuidad de su “proyecto”. En México, los principales candidatos han sido aprobados por la clase capitalista, dado que todos se han manifestado a favor del libre mercado, el respeto a la democracia y la creencia en la libre elección de los gobernantes. Es decir: reproducen los valores de la clase dominante sobre los pilares del Estado burgués. La principal “amenaza” para la clase capitalista la representaba Andrés Manuel López Obrador pero, en los hechos, se ha plegado a los intereses de la clase hegemónica, dado que ha incorporado a su grupo a la plutocracia vía Alfonso Romo, a la burocracia vía “Napo” o Elba Esther Gordillo, al “duopolio mediático” de Azcárraga Jean y Salinas Pliego y a la clase política dando cobijo a priístas, panistas y/o perredistas en fuga o yendo "a la cargada"; incorporaciones que le dan el visto bueno del sistema. De los otros candidatos poco o nada hay que decir, dado que en los hechos son apéndices de la clase dominante.

Así las cosas, las elecciones del primero de julio en México son una representación más del “dulce engaño” con el cual se ilusiona y enajena a la clase explotada, mediante el bombardeo de propaganda (“Vota libre”, “Tu voto cuenta”) difundida a través de los aparatos ideológicos del estado. Es un “dulce engaño” pues, en los hechos, la clase dominante y sus intereses económicos permanecen intocados.

Referencias
Althusser, Louis. “Ideología y aparatos ideológicos del Estado (notas para una investigación). México, Siglo XXI, 2016.
-----------------------. “Práctica teórica y lucha ideológica”. México, Siglo XXI, 2016.


por Jaime Magdaleno

12.5.18

Una filosofía profética-existencialista-humanista: Marx y su concepto del hombre



En el prefacio a Marx y su concepto del hombre, Erich Fromm relaciona al marxismo con la “tradición filosófica humanista de Occidente, que va de Spinoza a Goethe y Hegel, pasando por los filósofos franceses y alemanes de la Ilustración y cuya esencia misma es la preocupación por el hombre y la realización de sus potencialidades”. A Fromm el marxismo le parece una filosofía existencialista humanista, y no sólo una “crítica de la economía política”. El marxismo, así, es una filosofía “de protesta”, que denuncia la “enajenación del hombre, su pérdida de sí mismo y su transformación en una cosa; es un movimiento contra la deshumanización y automatización del hombre, inherente al desarrollo del industrialismo occidental”. En consecuencia, la filosofía de Marx es “en términos seculares y no teístas, un paso nuevo y radical en la tradición del mesianismo profético” pues ha tendido a “la plena realización del individualismo”. Con este dictamen, Fromm abre la puerta a lecturas de corte secular, que miran en Marx y el marxismo posibilidades proféticas-esperanzadoras de liberación, sobre las cuales se construyen discursos filosóficos y políticos de emancipación.

Ante todo, en los dos primeros capítulos de su Marx y su concepto del hombre, Fromm expone las tergiversaciones que ha tenido el pensamiento de Marx. Comienza señalando la ironía que envuelve a las críticas que ven en Marx a alguien interesado en la acumulación de riqueza y objetos, y que propone dicha acumulación como el fin último del hombre. En realidad, dice Fromm, es al revés: Marx hace la crítica de la obsesión del capitalismo con la acumulación de cosas; manía que ha convertido al hombre en un objeto más, en un “hombre mercancía” que se vende para obtener capital con el cual adquirir mercancías.

Adicionalmente, Fromm hace mofa de quienes no tienen idea del sentido con el cual se emplea el termino “materialismo” en filosofía, y creen que ese concepto se refiere a la adquisición de bienes materiales. Fromm aclara que el “materialismo” es una “concepción filosófica que sostiene que la materia en movimiento es el elemento fundamental del universo”. En cuanto a Marx, éste realiza la crítica al “materialismo abstracto de los naturalistas”, pues lo encuentra “burgués”, “mecanicista”, al postular que “el sustrato de todos los fenómenos mentales y espirituales se encontraba en la materia y los procesos materiales”; es decir “este tipo de materialismo sostenía que los sentimientos y las ideas se explican suficientemente como resultados de procesos corporales químicos”. Frente a ese materialismo, Marx propone un “método materialista”, el cual “supone el estudio de la vida económica y social reales del hombre y de la influencia del modo de vida real del hombre en sus pensamientos y sentimientos”. Es decir: son las condiciones de producción las que determinan al hombre y sus pensamientos, y no los pensamientos los que hacen a los hombres. Así lo expone Marx en El Capital: “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”.

De acuerdo con Marx, la organización social sufre cambios cuando el sistema de producción cambia. En la historia humana, Marx identifica cuatro épocas en los modos de producción: asiática, antigua, feudal y la moderna burguesa. Cada época ha fraguado en su interior las condiciones para el cambio social, por lo que éste se da cuando las condiciones de producción han entrado en contradicción con el sistema social. Aquí entra el problema de la conciencia. La conciencia revolucionaria es aquélla que se percata de cómo la conciencia suele atender a falsas producciones y necesidades humanas y vuelve sobre sus verdaderas necesidades, para producir nuevas formas económicas y sociales. En cuanto el humano se percata de que está inmerso en una falsa conciencia y busca salir de ella para vivir de acuerdo a sus verdaderas necesidades, esa falsa conciencia se convierte en conciencia revolucionaria, por lo que la revolución sólo puede darse en circunstancias en donde los individuos están en camino de recuperar su conciencia verdadera. En ese sentido opina Fromm que: “Marx comprendía que la fuerza política no puede producir nada para lo cual no esté preparado el proceso social y político. Por eso la fuerza, en caso necesario, sólo puede dar –por así decir- el último empujón a un desarrollo que virtualmente ya ha tenido lugar, pero no puede producir nada verdaderamente nuevo. “La violencia –decía- es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”.

En cuanto a la naturaleza humana, Fromm opina que para Marx es determinable y definible “no sólo biológica, anatómica y fisiológicamente, sino también psicológicamente”. Sólo que hace una distinción entre la naturaleza humana general y la que se da en cada periodo de la historia. La naturaleza humana en general es aquella que se refiere a los impulsos y apetitos humanos, tales como la sexualidad o el hambre, mientras que la naturaleza humana históricamente condicionada se refiere a “las necesidades producidas por la estructura” económica en cada espacio-tiempo. De cualquier manera, para satisfacer tanto impulsos generales como necesidades particulares el hombre se vale del trabajo. El concepto del trabajo es aquél que hace del hombre un ser histórico. O, mejor: la historia se entiende como el devenir del hombre en el proceso de relacionarse con la naturaleza a partir del trabajo.

Si lo que hace al hombre es el trabajo, y éste se define como la manera en como los hombres se relacionan con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, entender las diferentes ideas que sobre el trabajo ha tenido el hombre, permitirá comprender las ideas que han tenido sobre sus condiciones de producción y, a la vez, estas condiciones de producción explican lo que el hombre es en un momento determinado. Ya dijimos que Marx caracterizaba cuatro etapas en los modos de producción. Por lo que toca a la burguesa-capitalista, imperante en tiempos de Marx, ésta se caracteriza por un trabajo que tiene como fin la reproducción creciente del capital, por lo que el modo de producción obedece, no a las necesidades humanas, sino a las necesidades del capital. El hombre, en este sistema, no trabaja para desarrollar sus capacidades humanas, sino para producir más objetos con los cuales re-producir mayor capital. Tanto el dinero y la máquina no están al servicio del hombre, sino el hombre al servicio del dinero y la máquina.

Por medio de conceptos tales como “enajenación”, Marx hace la crítica de este sistema. La enajenación, para Marx, consiste en la separación entre trabajador y cosa. Si en los sistemas de producción de la antigüedad el hombre se encontraba reflejado dentro de las cosas que producía (entre otras razones, porque participaba en todo o la mayor parte del proceso de producción), en el capitalismo el hombre no se encuentra reflejado en las cosas, dado que participa en una mínima parte del sistema de producción y, por lo mismo, no se encuentra reflejado en las cosas. El trabajador se enajena, es decir, se separa del objeto creado por él y sólo vuelve a relacionarse con las cosas en tanto que puede comprarlas con el dinero que le dan por su fuerza de trabajo. El dinero, cosa con la que el trabajador compra cosas, se convierte en el medio gracias al cual el trabajador se relaciona con las cosas. Pero en ese proceso, el trabajador se convierte, también, en cosa, pues si éstas pueden comprarse con dinero, resulta que el trabajador también se compra (o se alquila) con dinero. El trabajador no es un humano: es una fuerza de trabajo que puede comprarse para que produzca cosas, recibiendo como pago esa cosa llamada dinero. Mercancía entre mercancías cuya dinámica sólo busca la reproducción de mercancías y, en última instancia, de capital.


Tal es la idea del hombre que se puede desprender del sistema capitalista. No obstante Marx, siguiendo la tradición profética-humanista occidental, busca la modificación de este sistema mediante la propuesta de un socialismo que vuelva a poner en el centro del sistema de producción al hombre con todas sus capacidades, y en donde este hombre produzca de acuerdo a sus necesidades básicas y en relación armónica con la naturaleza.

por Ivonne Valdemar

30.4.18

Enrique Krauze: proyecciones discursivas del Mesías Liberal.

Fiel a la tradición de la intelectualidad mexicana de publicar libros en el contexto de una elección presidencial, Enrique Krauze entrega en 2018 El pueblo soy yo: conjunto de ensayos en los que diserta sobre la demagogia, el populismo y el fascismo, tanto en América Latina como en Estados Unidos. A propósito de esa publicación, en el más reciente número del suplemento cultural “Laberinto”, del diario Milenio, José Luis Martínez S., lo entrevista y da hilo, coba u ocasión para que Krauze hable y se extienda sobre una de sus obsesiones de los últimos tiempos: Andrés Manuel López Obrador, a quien en 2006 adjudicó el epíteto de “Mesías Tropical”, y en quien encuentra ahora una “santa ira […] riesgosa para el funcionamiento de una democracia liberal”. Ahora bien: en el encabezado de la entrevista [a su disposición aquí: https://sclaberinto.blogspot.mx/p/enrique-krauze-mexico-requiere-de.html], podemos leer una contradicción de Enrique Krauze quien, según sus palabras, escribe El pueblo soy yo “para que el ciudadano norme su criterio” aunque, no obstante, “reitera su vocación democrática” y “alerta contra los peligros de la demagogia”. Es decir: el encabezado de la entrevista da cuenta de la pretensión de Krauze de normar criterios o dictar normas de conducta para “antes, durante, y después de las elecciones” del 2018 pero, por otro lado, muestra a un Krauze preocupado por la libertad de juicio y la libertad de crítica de los ciudadanos. De tal forma, el encabezado nos lleva a reflexionar si, al advertir sobre la demagogia y el populismo, Krauze mismo no nos está dando qué pensar sobre su propia demagogia y populismo, que intenta normar el criterio de los ciudadanos “antes, durante y después de las elecciones”, a pesar de la “vocación democrática” que afirma tener. Si esto último es cierto, Enrique Krauze practicaría el curioso arte de proyectar sobre otros las propias intenciones, adjetivándolas con frases y palabras extraídas del fervor religioso, el cual pretendería ridiculizar sin darse cuenta de que su práctica “crítica” se parece mucho a aquello que adjetiva. Tal es la tesis que se propone sondear este breve texto, tomando como referencia la entrevista realizada por José Luis Martínez S.

En el cuerpo de la entrevista, Martínez S., suelta desde la primera pregunta a la bestia de caza de Krauze: el “tigre” AMLO:  “En uno de los textos de El pueblo soy yo, usted escribe: “AMLO no es un populista más, es un populista nimbado de santa ira”, y Krauze se lanza a la caza del tigre, aunque antes de ello le parece importante mostrar la pertinencia de su armamento-argumento: “Cada palabra (del ensayo “México, en la antesala del populismo”) está justificada”. Como puede verse, antes de tirar a matar, Krauze, fiel creyente de la religión del libre pensamiento, reza el salmo de la justificación epistémica para afirmar la imparcialidad de su ataque, así como la objetividad de su crítica meditada sobre su obsesión-objeto de estudio: AMLO. Más adelante, afirma Krauze: “En López Obrador percibo siempre un aliento religioso. Pienso que López Obrador reencarna una figura redentora, como lo fueron Evita Perón o el Che Guevara en su momento”. Es extraño que alguien que intenta ser el guía cívico de la sociedad para “antes, durante y después de las elecciones” califique de “figura redentora” a otro, pues desde mi lectura, Enrique Krauze se identifica a sí mismo como “figura redentora”, sólo que ésta de “los peligros del populismo”. Es en ese sentido que me parece claro que, en su discurso, Enrique Krauze realiza proyecciones de su propia misión como Profeta del Libre Pensamiento, adjudicándole a otros las actitudes mesiánicas que él mismo pretende encarnar como Ángel Guardián de la Crítica o Mesías Liberal.

Ahora bien, practicando la fundamentación argumentativa, o justificación epistémica de las “palabras” que solicita Krauze, justifico los epítetos Ángel Guardián de la Crítica, Profeta del Libre Pensamiento y Mesías Liberal, con la anécdota que el mismo Krauze refiere sobre Robert Silvers, editor de la revista New York Review of Books:

Lo que te puedo decir es que Octavio Paz dijo que si la izquierda mexicana y latinoamericana no enfrenta el inmenso fracaso de la revolución cubana y no sabe ver con objetividad lo que era Cuba antes de (Fidel) Castro y en lo que se volvió Cuba durante su régimen, dejando a un lado toda la mitología, viendo claramente cómo era la educación, la salud antes de la revolución, si no sabe ver además que por más que habiendo sido detestable (Fulgencio) Batista y justificada su deposición, no saber ver que Castro acumuló un poder que sigue post mortem, esa izquierda nunca será democrática. Guiado por ese mensaje escribí ese ensayo (“Cuba: la profecía y la realidad”), que me pidió el célebre editor de la revista New York Review of Books, Robert Silvers, quien murió hace poco (el 20 de marzo de 2017), que había sido un entusiasta partidario de la revolución cubana, como tantos otros, pero que se fue desencantando poco a poco. En sus últimos años, Silvers hizo un balance y coincidió con Paz en que aunque Estados Unidos tenía una gran responsabilidad en la tragedia cubana, de esa utopía fallida la mayor era de los hermanos (Fidel y Raúl) Castro. En las conversaciones que tuvimos un día me encargó ese texto, como un acto de coherencia moral, de decir: “Voy a darle cabida a un crítico, porque pienso que tiene razón”. [Las negritas y las cursivas son mías].

En la cita anterior, podemos vislumbrar la proyección mesiánica-profética de Krauze, quien en Octavio Paz tiene un Dios Padre que le habla (“Octavio Paz dijo”) y en cuyo verbo fundamenta palabra y acción (“Guiado por ese mensaje escribí”), creando textos que son repeticiones o actualizaciones del dogma paciano disfrazado en razones (“porque pienso que tiene razón”). Lo curioso es que esta actitud mesiánica-profética de Krauze es la que le adjudica a los adversarios, de ahí que el ensayo del que habla, “Cuba, la profecía y la realidad”, lleve como título la referencia religiosa. Por lo anterior, considero que en el discurso de Krauze subyace un estrato religioso por medio del cual pretende describir y criticar los actos de otros, aunque ese mismo estrato guía su acción y su palabra. Por lo mismo, pienso que no es exagerado llamar a Enrique Krauze Ángel Guardián de la Crítica, Profeta del Libre Pensamiento o Mesías Liberal.

Por último, me parece que las proyecciones discursivas de Krauze deberían ser objeto de un análisis meditado, profundo, pues al llamar la atención sobre los peligros que entrañan tanto el populismo como la demagogia y el fascismo, es probable que debamos reparar en la evidente auto referencialidad que tienen los discursos cargados de “santa ira” de ese Profeta del Libre Pensamiento llamado Enrique Krauze.

por Jaime Magdaleno