13.8.18

Pier Paolo Pasolini

Juan Antonio Rosado Z.

adesso sento nella vita il germe
orrendamente profumato della Resistenza.

«Vittoria».  Poesia in forma di rosa.

Hay escritores que, lejos de conformarse con la vida contemplativa, salen de la biblioteca impulsados por una fuerza más allá de la razón y se enfrentan con la vida, con la explosión de la risa y del absurdo, con el sexo, la embriaguez y el éxtasis, pero también —y no por ello menos humano— con el horror, la angustia, la náusea, la miseria de los desheredados, el dolor extremo. Para estos artistas, que logran reunir en sus obras amplias gamas de sensaciones y sentimientos, las experiencias con el prójimo son fundamentales, y en general a partir de tales experiencias extraen no sólo su visión del mundo, sino su propia ideología. Este es el caso del poeta, narrador, ensayista, filólogo, dramaturgo y cineasta Pier Paolo Pasolini (1922), cuyo infame asesinato —el 2 de noviembre de 1975— dio fin a una de las voces más heterológicas, plurales y controvertidas de la Italia del siglo XX.

Imagen tomada de: http://www.revistaelotro.com/2017/03/21/
El autor de poemarios como Las cenizas de Gramsci, La religión de mi tiempo y Poesía en forma de rosa; de novelas como Una vida violenta y Teorema; el futuro creador de películas ya clásicas en la historia del cine, como Edipo, Medea, la Trilogía de la vida (que él consideraba como un solo filme en tres capítulos) y Teorema (realizada casi de forma simultánea con la novela de igual título), nació en Boloña, hijo de un padre fascista y autoritario. De esa experiencia, que impactó la sensibilidad de un niño que halló refugio en el seno materno, se desprenderá su odio a la figura paterna y su homosexualidad declarada, pero también su intenso amor al pueblo, a los más vulnerables, que lo llevará a adoptar las filosofías de Marx y Gramsci como banderas ideológicas. Fue Sussana, su madre, quien le reveló el secreto de la poesía, en 1929, cuando el niño contaba con siete años. Entonces compuso sus primeros versos, y de modo precoz publicará su Poesie a Casarsa a los 20, en lengua furlana.

Pasolini optó por la vía opuesta a la del padre. Si el fascismo, por ejemplo, prohibió los dialectos en pro de la «unidad» italiana, el poeta cultivó el amor al furlano y a las formas populares del habla, lo cual era un modo de rebelarse contra los fascistas. Luego, la Resistencia (en la que no participó físicamente), y en particular el deceso de su hermano menor, Guido, al igual que las luchas de los periodistas furlanos contra los grandes propietarios, constituyeron dramas que el escritor siempre tendrá presentes. La lucha de esos periodistas lo hizo inclinarse al comunismo. La intensa película neorrealista Mamma Roma expresa un drama del pueblo; y en El evangelio según san Mateo, se resalta uno de los mitos primordiales de Occidente como mito popular. Más allá de la manipulación que la iglesia ha hecho de Cristo durante casi 2000 años (desde el Concilio de Nicea), a Paolini le interesó su vínculo con los desheredados, lo que me recuerda, en cierto sentido, al muy posterior Quijote de Kozntsev. Al cineasta le importaba penetrar en el pueblo y se convirtió en un implacable crítico de la burguesía.

Pasolini fue sobre todo poeta, al grado de que consideraba sus películas como poemas. Toda creación, sea pintura, cine, escultura, arquitectura, música o danza, se vuelve poesía cuando es arte de verdad. Entre las películas de Pasolini, Teorema (1968) es para mí la más profunda y sugerente, la que logra más niveles de interpretación: desde el literal-superficial hasta el alegórico-místico, pasando por el económico-político, el religioso y el social con guiños al comunismo. Estos niveles no se excluyen, y el interés se duplica porque también es una novela: el autor concibió la película y la narración novelística casi al mismo tiempo. Vale la pena detenerse en el fenómeno Teorema, considerando que podría realizarse un análisis más profundo y detallado.

La novela comienza con la descripción de una familia burguesa, no en el sentido económico, sino en el ideológico. Estas personas se mueven en la burguesía industrial. Una extraña divinidad masculina (el huésped), anunciada por Angelino (el ángel de la anunciación), se introduce en la vida de esta familia y hace el amor con los integrantes: con el padre, la madre, el hijo, la hija y la criada. Se produce el «toque divino», la irrupción de lo sagrado. Cada miembro de la familia se transforma. El detalle anterior nos conecta, por un lado, con el Cantar de los cantares, pero también con el Gita Govinda y en particular con el Bhagavata Purana, donde el dios Krisna hace el amor con mil pastoras, alegoría de la unión de la divinidad con las almas. En la antigüedad, el poeta místico representaba el éxtasis mediante el arrebato o placer que implica la despersonalización, lo impersonal, la experiencia de alteridad en la unión erótica.

Sin embargo, cuando el huésped (Dios) se va de la casa, cada miembro de la familia llega al delirio, descompone y parodia el ideal que compartió con el extraño huésped a causa de una irreversible crisis espiritual: cada uno busca a ese mito perdido, quien los ha dividido y abandonado en su soledad. Pedro, el hijo, quien siempre anheló ser pintor, parodia su ideal al realizar pseudoarte y orinar en su propio cuadro; la hija, Odetta, cobijada en el pasado y en el amor al padre, se encierra en la contemplación de un álbum y permanece recostada, con el puño apretado, como tratando de asirse, como aferrada a algo invisible, hasta que es recogida por los siquiatras; la madre, Lucía, se prostituye con desconocidos parecidos al huésped y, al percatarse de que no encontrará a esta divinidad, termina encerrada en una iglesia con Cristo, el antiguo Adonis tan caro a las mujeres; por último, el padre obsequia su fábrica a los obreros, se desnuda en una estación de tren y se va a gritar, desesperado, al desierto. Ningún burgués hallará a la divinidad. En este teorema metafísico, la única que demuestra superioridad espiritual es Emilia, la criada (la clase trabajadora). Tras el «toque divino», ella realiza milagros, es aceptada y querida por su pueblo, asciende en cuerpo y alma al cielo para después retornar a la madre tierra. Leemos: «El Dios en nombre del cual esta hija de campesinos que ha vuelto de la ciudad, donde trabajaba como criada, hace milagros, ¿no es un Dios antiguo, precisamente campesino, bíblico y un poco loco?». Pasolini renuncia al Dios burgués y recobra una divinidad vinculada a la tierra. Por supuesto, hay episodios de la novela que el autor no incluyó en la película, como éste, que me parece emblemático: Emilia ha sido sepultada en el barro, y de ahí manan sus lágrimas. Cuando se ha formado un charco, salen unos obreros por detrás de la empalizada donde alguien pintó burdamente una hoz y un martillo. Los obreros pasan junto al charco de lágrimas. Uno de ellos lo ve, se detiene y lleva hasta él a un compañero herido. Hunde en el charco las manos y, sin pensarlo mucho, «lava con esa agua la herida de la muñeca y la mano de su compañero». Las lágrimas de una hija de campesinos curan la herida. Emilia posee la gracia divina que le contagió el huésped. La película empieza por el final: la noticia de que un empresario ha dado su fábrica a los obreros. Tanto la novela como la película son en parte alegorías de la crisis y enajenación producidas por la sociedad de consumo, llena de frivolidad y estupidez, pero también son mucho más que eso.

Imagen tomada de: https://agendacomunistavalencia.blogspot.com/2016/01/
El amor al pueblo y el ataque a la burguesía se presentan también en la Trilogía de la vida (formada por El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches). Se trata de obras muy personales: «Mi Boccaccio es infinitamente más popular que el Boccaccio real»... «Si he transformado los burgueses de Boccaccio en proletarios, es porque los proletarios me interesan mil veces más que los burgueses», dice Pasolini, quien creó la trilogía como resultado de la tensión progresista de los 50 y 60, tensión que condujo a la liberación sexual y a la libertad de expresión. Es verdad que hay lúdicos anacronismos en El Decamerón y en Los cuentos de Canterbury (la aparición de productos que en ese entonces no se conocían en Europa, como el jitomate y las papas, o de una especie de Charlot), pero para este poeta lo que cuenta es la sinceridad: «Es necesario no traicionarla, y mucho menos callándose diplomáticamente en virtud de alguna toma de partido». Nunca se arrepintió de haber realizado la trilogía, pero sí se percató de la instrumentalización de que fue objeto.


En su ensayo «Abjuración de la Trilogía de la vida», advirtió la sinceridad de su obra, así como la necesidad de representar los cuerpos desnudos. Pero también se dio cuenta de que la liberación sexual se vio «brutalmente vencida y trivializada por la decisión del  poder de consumo, al conceder una vasta (aunque falsa) tolerancia». Los cuerpos inocentes fueron violados y manipulados por el consumismo. Esto último, aunado a la violencia sicológica sufrida por Pasolini, lo hizo —después de la Trilogía— odiar los cuerpos y órganos sexuales de los nuevos jóvenes: la degeneración del desnudo alcanzó el pasado que él intentó representar. El pesimismo y la amargura del cineasta se intensificaron: lejos de dar flexibilidad y alegría a los jóvenes, la libertad sexual los volvió desgraciados, estúpidos, agresivos y presuntuosos. El poeta escribió su «Abjuración» cinco meses antes de morir, quizá también para justificar la visión cosificada y mecánica que desplegó en su última película: Saló o los 120 días de Sodoma, en que los verdugos del Marqués de Sade aparecen horrendamente perfumados de mierda durante el fascismo, en una edificación donde ninguna resistencia es posible.

Pasolini fue, ante todo, poeta y hombre de ideas. Si ejerció el cine fue por la capacidad de este arte de «representar la realidad a través de la realidad misma», y también como otra forma de producir poesía y, mediante ella, revelar las verdades ideológicas y ontológicas, pues, como se aprecia en Las mil y una noches, «La verdad no está en un sueño, sino en muchos sueños». Los sueños de Pasolini por una mayor libertad y por la emancipación de la clase explotada siguen vigentes.

7.8.18

Con Avelina Lésper, contra Avelina Lésper

La mayoría de las personas interesadas por el arte en México está enterada, a estas alturas, del “caso Avelina Lésper”. Ahora que, si por alguna razón usted no, le recomendamos leer esta breve nota:


Mientras tanto, nosotros nos permitimos expresar:

¿Qué pensamos sobre el pastelazo a Avelina Lésper? Que está jodido que se tenga que defender una postura estética sobre el graffiti a partir de “actos artísticos de protesta” que impliquen violencia y humillación hacia el que piensa distinto. Independientemente de que la postura de Lésper con relación al graffiti nos parezca conservadora, además de reaccionaria, y que, por lo tanto, no estemos de acuerdo con sus argumentos, nos parece deleznable que se tenga que combatir esa postura con agresiones físicas y exhibiciones de su vulnerabilidad que, al final del día y paradójicamente, terminan por avalar el discurso reaccionario y conservador de Lésper. Que quede claro: el discurso de Lésper nos parece conservador pues implica un reduccionismo purista-esencialista del acto estético, que no mira en el graffiti:

a) una actividad situada de crítica a la hegemonía política-artística-social. Con el adjetivo “situada” se debe entender que la crítica de la que es portadora el graffiti debe ser valorada a partir de los contextos en los que se despliega el discurso: tal vez un tag en el patio de nuestra casa valga, en efecto, poco; aunque un graffiti pintado en muros de (o adyacentes a) instituciones o centros de poder puede ser un portador de sentido contestatario y crítico.

b) una disciplina con una técnica particular, relativamente alejada de las técnicas del arte académico, que requiere destrezas particulares que dudamos pueda poner en práctica cualquiera (por ejemplo, la propia Avelina Lésper).

c) un evento colectivo y no necesariamente individual de ejecución artística. El graffiti, como suma de destrezas, pone en jaque la idea de un autor individual y le restituye al arte la condición colectiva de toda creación, algo tan necesario en esta era de hipertrofia del yo.

d) una (re)apropiación del espacio público, privatizado por el capital inmobiliario. Esta apropiación es mejor o peor valorada de acuerdo al contexto; es decir; no podemos convalidar un graffiti que vandalice otra pieza artística (por ejemplo, un edificio histórico) y dudamos del valor que tenga un graffiti en la pared de nuestro patio trasero, aunque es posible que una intervención en muros de sitios apropiados por el capital inmobiliario (vía “gentrificación” o por expulsión de moradores originarios, por ejemplo) sea un acto de (re)apropiación de ese espacio que el capital quiere para sí.

Por otro lado, el discurso de Avelina Lésper es reaccionario puesto que:

a) parece atrincherarse en teorías esencialistas del arte, según las cuales la pintura posee una historia, un canon y un devenir únicos, que necesariamente desemboca en la pintura de caballete.

b) no toma en cuenta el dinamismo cultural de sociedades que continuamente exploran formas simbólicas de expresar sus necesidades estéticas y, lo más grave:

c) parece añorar tiempos dictatoriales en los cuales alguna Autoridad (por ejemplo, la que quiere adjudicarse la propia Lésper) dictaba lo que era arte y lo que no. Criterio a partir del cual se puede (¡y se debe!, según Lésper) hacer uso de la represión estética e incluso ¡policiaca! que inhiba toda práctica contraria al canon esencialista-purista.

Así las cosas, el discurso de Lésper se desmonta con argumentos y no con pastelazos “justificados” en “actos artísticos de protesta”. Por lo mismo, desde El Perro de Diógenes y “Escorial” le mandamos un abrazo solidario a Avelina Lésper y le recitamos la frase de ocasión, que no por ello es menos oportuna: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé (como un perro) tu derecho a decirlo”.


por Jaime Magdaleno (parece contradictorio que el texto esté escrito en plural y que, al final, aparezca un nombre: aclaramos: escribimos el nombre dado que a Avelina Lésper le incomoda el anonimato; así pues, el nombre queda anotado por si fuera necesario “situar” al autor. Vale).

20.7.18

TRATA, AUNQUE NO LO PAREZCA, DE CÓMO UN HOMBRE CONVERTIDO EN INSECTO SE FUMIGA A SÍ MISMO

Es sábado por la noche y pasan Trainspotting por televisión.

Son casi las dos de la mañana.

Yo estoy barriendo mi casa.

Levanto del piso restos de cucarachas calcinadas por la acción de un potente insecticida.

Estoy mareado, pero aún así no me asusta la faena de limpieza. Además, el aturdimiento tiene que ver, también, con el hecho de que bebo cerveza. Por otro lado, estoy cansado. Llevo más de cuatro horas batallando con unas cucarachas que ingresaron a mi departamento por vía de un mueble usado, hasta infestar todo mi hogar. A estas horas, parece que he logrado exterminarlas, sólo que a costa del menoscabo de mis pulmones.

Son las dos de la mañana y pasan Trainspotting por televisión. Ése es el hecho. Quiero decir: el punto que motiva esto que estoy diciendo. Si no recuerdo mal, esa película se estrenó en 1996; es decir, hace veintidós años. En ese entonces yo no perseguía cucarachas los sábados por la noche; en todo caso, buscaba alguna reunión, alguna fiesta en la cual reír con mis amigos, alguna mujer con la cual desahogar mi deseo sexual, siempre renovado.

Hace veintidós años todavía no conocía a Karla, mi esposa. Todavía no estábamos esperando bebé. Y no tenía departamento propio que limpiar ni mucho menos fumigar. No pasaba las noches de los sábados removiendo muebles ni pasando la escoba por el piso recogiendo cadáveres calcinados. En todo caso, recogía a los amigos que caían al piso, totalmente ebrios. O cogía con las mujeres que me acompañaban a mi cuarto de soltero: una habitación de pocos metros cuadrados sin ventilación y sin baño. Por cierto: todavía falta que revise que no habite ningún bicho dentro del sanitario. Iré a ello. 

Es sábado por la noche y pasan Trainspotting por televisión. Antes de entrar al baño, miré la escena en la cual Renton está a la caza de una mujer, frente a una pista de baile. Su vestimenta me hizo recordar la mía hace veintidós años. Yo también utilicé playeras ajustadas, aunque ahora las evite para no exhibir mi estómago abultado. Además, era igual de torpe para abordar mujeres. Bueno, sólo sobrio, porque ebrio me animaba incluso a besarlas sin cruzar palabra de por medio. Sólo un par de veces tuve problemas por eso. De uno de esos besos tengo una cicatriz en la ceja.

He matado un par de insectos en el baño. Uno de ellos, sobre la ventana, y otro, en la cortina que aísla la regadera. He vuelto a rociar insecticida, lo cual me ha provocado mareo. Además, estoy salivando demasiado; tal vez sea una reacción más al químico. O tal vez no. El caso es que he colocado más insecticida y pienso que fue una buena decisión mandar a Karla a casa de su mamá, pues debo evitar que, en su octavo mes de embarazo (y contando), respire este aire que puede perjudicar también a la bebé.

Será niña. La bebé. Se llamará Minerva. Estoy emocionado por ello. Debo decirlo pues a pesar de que en este momento se me han antojado varias cosas —salir a beber, drogarme nuevamente, acostarme con una jovencita como la que poseyó hace un momento Renton— no saldré de casa esta noche a pesar de ser sábado, pues estoy acondicionando el departamento para que ella lo encuentre limpio, muy limpio cuando llegue. Por eso soporto el olor a insecticida.

Son casi las tres de la mañana. La película ha terminado. Mi trabajo también. Ahora el sistema de cable transmite soft porno. Se me ocurre que aprovecharé la ducha que tomaré para masturbarme. Y es que hace semanas que no fornico, pues mi mujer casi no tiene apetito sexual. Eso, desde luego, es un problema, pero lo enfrento lo mejor que puedo.

Ahora se me ocurre que puedo salir, ¡estoy solo!, puedo ir a buscar a alguien. Pero no, permaneceré encerrado, pues estoy viejo, gordo, apesto y en estas condiciones es imposible que pueda ligarme a una mujer, Además, he perdido el espíritu de aventura. Aunque no el apetito de sexo, de droga, de alcohol. En fin: debo controlarlo. Debo hacerlo, sí.

Frente a la calle, me siento extraño. Son las tres y tantos de la mañana y no sé exactamente a donde ir. Claro: vivo en el centro de la ciudad y si me dirijo a la zona de bares, seguro encontraré algo abierto, pero ¿para qué?

Listo: ya tengo una mesa y una cerveza frente a mí. Lo de siempre: a esta hora los borrachos ya están cantando. O peleando. Bueno, pelando no: vociferando cualquier tontería. Busco por el lugar: hay varias mujeres a la vista, pero todas están ebrias, como sus hombres. Todas, excepto un par. Platican, se besan. Sonríen. A mí, claro. Digo “claro”, porque si no me sonríen se acaba el relato y no quiero terminarlo pues es sábado por la noche y estoy muy aburrido. Así que me sonríen. ¿Se acercan o me acerco? Me acerco. Pido tres cervezas. Hablan. Dicen que son filósofas. Estudian en la UACM. Están por titularse. Les comento que tengo entendido que en esa institución nadie se titula. Ha sido un despilfarro esa universidad, increpo. Se molestan. Dicen que pienso como un hombre de derecha. Seguro eres un estúpido panista. Digo que no soy un hombre de derecha, pero tampoco formo parte de la izquierda que piensa que hay que malgastar el dinero en gente parásita que dizque estudia. Eres un pendejo, insultan. Reviro: no soy un pendejo; sólo lamento que el dinero del gobierno, que es mi dinero, se despilfarre. Ríen a carcajadas. Gritan: ¡Oi al pendejo. Cree que el dinero del gobierno es su dinero! Respondo: De entrada, no se dice “oi”, sino oye. ¿En serio ni eso les enseñan en esa “universidad”? Y en segunda afirmo que el dinero que malgasta el gobierno en ustedes es mío pues yo sí tengo un empleo y pago mis impuestos. Así que no soy un pendejo. Soy un alienado, si quieren, pero no soy un pendejo. Y como además cuento con credencial de elector, la próxima vez que vote lo haré por un candidato seguro, o sea, que no ponga en riesgo el statu quo tirando el dinero en la falsa educación de gente como ustedes.  Riendo aunque visiblemente furiosas, responden: no sólo eres un pendejo, también eres patético; das lástima, carnal; y chocan las botellas que les invité, sin brindar conmigo. Digo sonriendo, ¿si, verdad? Pero, ¿saben? Yo no solía ser así: yo fui un drugstore cowboy de los noventa, un raver como Renton en Trainspotting. Ambas hacen un gesto de extrañeza, pues no saben a qué o a quién me refiero. ¿¿¿Cómo??? ¿No saben a qué me refiero? ¡¡Quiero decir que me metía un chingo de droga, perras!! ¿¿En qué puto mundo viven si no saben lo que es un drugstore cowboy ni conocen a Renton de Trainspotting?? ¿Ni siquiera les dan un poco de cultura en esa universidad? ¡Vaya mierda! Estallan. Adoptan una actitud beligerante que reconozco de inmediato. Una de ellas me quiere golpear pero la esquivo. La otra me escupe y la primera quiere volver a abalanzarse sobre mí pero le pido que no me golpee pues tengo una mujer y pronto una hija, así que no puedo pelearme. Al instante llegan dos o tres hombres a sacudirme. No sé de dónde salieron ni si vienen con las mujeres, pero entre los dos me dan una paliza que sólo termina gracias a que repito, sin cesar, mi cantaleta: ¡¡¡soy un hombre casado que pronto se convertirá en padre, por favor no me peguen!!! Al principio les vale madre mi súplica, pero después se compadecen y me dejan en paz. Me dejan tirado sobre el piso húmedo del bar. Todos los que me rodean se ríen de mí.  

Sangro. Me duele el cuerpo. Salgo del bar. Decido caminar a casa. En el camino, me encuentro con muchos borrachos sobre Avenida Juárez. Unos me encaran. Otros se ríen. Algunos más me miran con asco, tal vez con odio. Decido echarme a correr.

En casa, el olor a insecticida permanece. Con ese hedor saturando mi olfato, me quito la ropa, me meto al baño, abro la regadera del agua caliente y cierro los ojos. Pienso en muchas mujeres. Primero en todas aquellas con las que me acosté alguna vez. Después, en aquéllas con las que me hubiera gustado acostarme. Comienzo a masturbarme. Pienso en Uma Thurman, en Cameron Diaz, en Scarlett Johansson, en Fey, en Belinda.

Pero luego pienso en mi hija y al instante dejo de estimularme.

Decido terminar el relato e irme en el acto a dormir.   

por Jaime Magdaleno

4.7.18

Tu voto cuenta (aunque no cuente): México y AMLO 2018.

“[…] Diógenes decía: “¿De qué sirve un hombre que ha pasado todo el tiempo filosofando sin inquietar a nadie?”. Adhiero a esta definición de la filosofía: inquietar, inquietar al fulano lleno de certezas, inquietar al clon que cree que piensa cuando se contenta con duplicar la panoplia de su tribu (tanto de izquierda como de derecha, incluyendo a los anarquistas), inquietar al charlatán que actúa como espejo de su tiempo y de su época, inquietar al lorito del momento que vocaliza las órdenes lanzadas por una sarta de cretinos formadores de opinión. En resumen, inquietar”.
Michel Onfray. Filosofar como un perro.

“Mi pecho no es bodega”
Frase popular escuchada a Andrés Manuel López Obrador durante su primera conferencia de prensa en Palacio Nacional.

Inquietante: la idea de que el fraude ocurrió y nadie se dio cuenta. Inquietante: la idea de que en esta ocasión el fraude no consistió en la imposición de un candidato como Presidente de la República. En esta ocasión, el fraude fue la elección misma.

Habría que explicar que la frase: “el fraude fue la elección misma” está enmarcada en la tesis del “dulce engaño”, a partir de la cual Louis Althusser expone la utilización de los aparatos ideológicos del Estado por parte de la clase dominante para asegurar la reproducción de las condiciones de explotación de la clase trabajadora. Así las cosas, pienso que en el contexto de la elección del primero de julio se movilizaron los aparatos ideológico-políticos y de información para implantar en la clase explotada la idea de la alternancia en el poder y de la democracia electoral.  Con ello, lo que buscó la clase hegemónica fue revitalizar la creencia en la efectividad de las instituciones burguesas, conjurando al mismo tiempo una revuelta social cada vez más latente. Con el triunfo premeditado-consensuado-acordado-pactado por la clase hegemónica y el equipo de Andrés Manuel López Obrador ganaron ambos: por un lado, la clase hegemónica aseguró la revitalización de sus instituciones político-electorales, así como la permanencia de la infraestructura económica y, por otro, el equipo de Andrés Manuel obtuvo la seguridad del respeto a su victoria en las urnas, la cual era un hecho que sólo necesitaba ser reconocido por las instituciones (electorales y de medios) de la burguesía. Tal vez Andrés Manuel López Obrador supone que toda vez que asuma la Presidencia de la República podrá generar los cambios profundos en el sistema político para acabar con la corrupción, la cual fue una de las principales ofertas de campaña. No obstante, esos cambios sólo podrán ser si no trastocan la infraestructura económica, con la cual Andrés Manuel se muestra sumiso o, como él dice, muy respetuoso.

Que AMLO se ha mostrado sumiso ante la infraestructura económica ha quedado de relieve tanto en el discurso de la victoria en el Hotel Hilton, como en la rueda de prensa que ofreció después de su encuentro con EPN. En ambas intervenciones ha asegurado, rotunda y enfáticamente, cual si fuera burócrata neoliberal, que:

-Mantendrá la autonomía del Banco de México.
-Mantendrá una política macro económica con equilibrios fiscales.
-No intervendrá en temas o asuntos financieros.
-No intervendrá en el tipo de cambio.
-No realizará expropiaciones ni desconocerá acuerdos o contratos firmados por los gobiernos del PRIAN.

Es decir: seguirá la doctrina económica neoliberal, que ordena la no intervención del gobierno en los asuntos económicos. AMLO se ha convertido en un político inofensivo para la infraestructura económica y, por lo tanto y siguiendo a Marx, no tendrá poder sobre la superestructura política (o sólo tendrá el poder político que la infraestructura económica le permita). En ese orden —y aunque él y sus fanáticos autodenominados “amlovers” no se dan cuenta— López Obrador sólo será un alfil de la burguesía en el combate a la corrupción. En otras palabras: López Obrador será el afanador que limpiará (o intentará hacerlo) la cloaca gubernamental de corrupción, sin necesidad de que los capitalistas se ensucien las manos. El combate a la corrupción se erige, así, en un instrumento para que el capital elimine una traba que entorpece la reproducción del propio capital, y que implica un costo de miles de millones de pesos.

Por lo anterior, y como ni mi pecho ni mi pensamiento son bodega, afirmo que:

1.- El Andrés Manuel López Obrador del 2018 dejó de ser un peligro para México, al adoptar principios económicos neoliberales que aplicará sin reservas. No obstante, la receta neoliberal “a la mexicana” estará condimentada con una pizca de asistencialismo y un pellizco de proteccionismo.
2.- El Andrés Manuel López Obrador del 2018 se ha convertido en un activo de la clase capitalista, al asegurarles:
2.1. La revitalización de las instituciones político-electorales burguesas, que cargaban con un enorme descrédito.
2.2. La pacificación del pueblo mexicano, peligrosamente al borde de la revuelta, sumido como está en la miseria, el despojo y la injusticia orquestadas y promovidas por los gobiernos neoliberales del PRIAN.
3.- El Andrés Manuel López Obrador del 2018 se convertirá en el afanador de la clase capitalista, que limpiará (o intentará hacerlo) de corrupción al gobierno, logrando con ello eliminar una costosa traba en la reproducción del capital.

Ahora bien: si usted votó por este orden de las cosas, lo felicito. En efecto, vale la pena celebrar, gritar, llorar y postear en las redes sociales toda suerte de parabienes, siguiendo el ejemplo de demócratas y ciudadanos tan insignes como Carlos Salinas de Gortari, Felipe Calderón Hinojosa, Vicente Fox Quezada o Enrique Krauze. No obstante, si como afirma el propio Andrés Manuel López Obrador, usted votó por una candidatura que represente años de lucha social, con referentes políticos como Heberto Castillo, Valentín Campa o Rosario Ibarra de Piedra, que sintetice luchas como la de los ferrocarrileros y maestros de los 50, la de los estudiantes del 68 y 71 o la de los damnificados del 85 y del 17, temo decirle que algo no va bien con el triunfo de AMLO, pues:

a)                   o bien él no se ha dado cuenta de que ha sido cooptado por el sistema neoliberal, convirtiéndolo en su activo y alfil.
b)                   o bien el que no se ha dado cuenta es usted y lo que está celebrando es que le estén tomando el pelo.

¿Quiere una recomendación? ¿Por qué mejor no piensa en construir una democracia popular, de base, verdaderamente representativa de los de abajo, que responda, no a los intereses de la clase hegemónica, sino a los intereses de los humillados y ofendidos de este país? Deje de pensar que la “revolución” es eso que le están presentando por televisión y mejor busque otras formas de lucha y acción. ¿Que necesita un referente? Vale, se lo proponemos: ¿por qué no voltea a ver a los zapatistas y a Marichuy y deja de enajenarse con las imágenes de Andrés Manuel López Obrador transmitidas ad nauseam por las “benditas redes sociales” o por cadena nacional vía el Canal de las Estrellas?


por Jaime Magdaleno

1.7.18

Tu voto cuenta (aunque no cuente): México 2018.

Si tiene usted pensado acudir a las urnas el primero de julio, tal vez esto sea de su interés:

En el texto titulado “Ideología y aparatos ideológicos del Estado (notas para una investigación)”, Louis Althusser hace una doble distinción del Estado:

a)    como aparato represivo “que funciona mediante la violencia” (ejército, policía, prisiones, tribunales); y,
b)    otras instituciones del Estado que operan, no a través de la violencia sino “mediante ideologías”, y cuya función radica, sobre todo, en inculcar subjetivamente la aceptación del poder del Estado por medios persuasivos, o, dado el caso, coercitivos.

Esto es: por vía de sus “aparatos represivos” y sus “aparatos ideológicos”, el Estado garantiza la sujeción y la dominación de la clase explotada mediante:

a)    la imposición del poder del Estado a través de sus aparatos represivos: ejército, policía tribunales y prisiones; o,

b) la difusión de la visión de mundo de la clase dominante por vía de sus aparatos ideológicos: prensa, televisión, radio, internet, con el fin de convencer o persuadir sobre las bondades de los valores de la misma clase (por ejemplo: libre mercado, democracia o elecciones), y sugestionar sobre la imperiosa necesidad de mantener el statu quo.

En cuanto a las “instituciones especializadas” que conforman los “aparatos ideológicos del estado”, Althusser proporciona la siguiente lista:

Son Aparatos Ideológicos del Estado:

a) los religiosos (el sistema de las distintas iglesias);
b) los escolares (el sistema de las distintas “escuelas” públicas y privadas);
c) los familiares (“La familia cumple, evidentemente, otras “funciones” y no sólo es aparato ideológico del estado. Interviene en la reproducción de la fuerza de trabajo. Es, según los modos de producción, unidad de producción y/o unidad de consumo”); 
d) los jurídicos (“El “derecho” pertenece al mismo tiempo al aparato (represivo) del estado y al sistema de aparatos ideológicos del estado”);
e) los políticos (el sistema político, sus distintos partidos);
f) los sindicales;
g) de información (prensa, radio, televisión, etcétera);
h) los culturales (literatura, bellas artes, etcétera).


Todos estos aparatos ideológicos tienen como finalidad última, ya lo dijimos, asegurar la posesión del poder del Estado por parte de la clase dominante, inculcando subjetivamente sus valores y sus intereses. En otras palabras: si el poder del Estado tiene como base la infraestructura económica, y esta infraestructura económica está controlada por la clase capitalista, será esta clase la que determine las características de la superestructura política y la superestructura ideológica para asegurarse el control de la clase explotada. Así las cosas, es la clase capitalista la que dota al sistema político y al sistema ideológico de sus cualidades, características o instituciones, para con ello asegurarse el poder del Estado. Siguiendo a Gramsci, Althusser propone que, por medio de los aparatos ideológicos del estado, la clase dominante difunde los valores burgueses que hacen posible tanto la “reproducción” de la explotación del trabajador, como la “reproducción” del poder y del aparato de Estado.

Dentro de los valores burgueses difundidos a través de los aparatos ideológicos me interesa resaltar, en este momento, un par: democracia y elecciones. Pero antes de ahondar en ellos, continuemos un rato más con Althusser.

De acuerdo con Althusser, los aparatos ideológicos se llaman así pues se encargan de dotar al conjunto social de ideología, entendida como “conjunto de representaciones y creencias” a las que se adhieren los sujetos “voluntaria o involuntariamente”, consciente o inconscientemente, y por medio de las cuales actúan política, cultural, económica, moral, filosófica o ideológicamente. Dichas representaciones:

se refieren al mundo mismo en el cual viven los hombres, la naturaleza y la sociedad, y a la vida de los hombres, a sus relaciones con la naturaleza, con la sociedad, con el orden social, con los otros hombres y con sus propias actividades, incluso a la práctica económica y a la práctica política (Althusser, 2016: 49).
Lo fundamental de estas representaciones es que se “naturalizan” o normalizan, pues están “dadas” en la sociedad:

Esta representación ellos se la encuentran dada al nacer, existiendo en la sociedad misma, de igual manera que encuentran existentes antes que ellos las relaciones de producción y las relaciones políticas en que deberán vivir. Al igual que nacen como “animales económicos” y “animales políticos” se puede decir que los hombres nacen “animales ideológicos”. Todo sucede como si para existir como seres sociales y activos en la sociedad que condiciona toda su existencia necesitaran disponer de una cierta representación de su mundo, la cual puede permanecer en gran parte inconsciente y mecánica, o al contrario ser consciente y reflexiva más o menos ampliamente. La ideología aparece así como una cierta representación del mundo, que liga a los hombres entre sí en la división de sus tareas, y la igualdad o desigualdad de su suerte (Althusser, 2016: 50).

Gracias a la ideología, la “división de tareas” adviene en división en clases sociales justificando, a su vez, la desigualdad; desigualdad y división que se asumen como “naturales”, pues se asientan en una “visión del mundo” que, como argamasa, mantiene unido al edificio compuesto por infraestructura económica y superestructura política:   

Si nos representamos la sociedad según la metáfora clásica de Marx, como un edificio, una construcción o una superestructura jurídico-política, elevada sobre la infraestructura de la base, sobre fundamentos económicos, debemos dar a la ideología un lugar muy particular […] hay que considerar que la ideología se introduce en todas las partes del edificio y que constituye ese cemento de naturaleza particular que asegura el ajuste y la cohesión de los hombres en sus roles, sus funciones y sus relaciones sociales (Althusser, 2016: 51).

Todo constructo social permanece cohesionado, entonces, por la ideología, la cual traduce representaciones de mundo sobre las cuales se asienta tanto la explotación/dominación como la pertenencia a una clase social:

La ideología está pues destinada ante todo a segurar la dominación de una clase sobre las otras y la explotación económica que le asegura su preeminencia, haciendo a los explotados aceptar como fundada en la voluntad de Dios, en la “naturaleza” o en el “deber” moral, etc., su propia condición de explotados. Pero la ideología no es sólo un “bello engaño” inventado por los explotadores para mantener a raya a los explotados y engañarlos: es útil también a los individuos de la clase dominante, para aceptar como “deseada por Dios”, como fijada por la “naturaleza” o incluso como asignada por un “deber” moral la dominación que ellos ejercen sobre los explotados; les es útil pues, al mismo tiempo y a ellos también, este lazo de cohesión social, para comportarse como miembros de una clase, la clase de los explotadores. El “bello engaño” de la ideología tiene pues un doble uso: se ejerce sobre la conciencia de los explotados para hacerles aceptar como “natural” su condición de tales; actúa también sobre la conciencia de los miembros de la clase dominante para permitirles ejercer como “natural” su explotación y su dominación (Althusser, 2016: 55).
Ahora sí, podemos regresar a los valores mencionados más arriba: democracia y elecciones.

El primero de julio México se sumergirá en un “dulce engaño”: acudirá a las urnas considerando que con ese acto tiene influencia sobre el poder político. No obstante, como quedó dicho anteriormente, el poder político lo detenta la clase dominante quien, para asegurarse su dominio mediante la sugestión, monta periódicamente un acto por medio del cual hace creer a la clase trabajadora y explotada, e incluso a la clase política, que comparte el poder. Las elecciones son ese acto por medio del cual la clase hegemónica intenta persuadir a los explotados (lumpen, trabajadores y burócratas) que comparte el poder con ellos y que, incluso, se somete a su libre elección de gobernantes. Nada más alejado de la realidad: la clase capitalista toma decisiones políticas a partir de sus intereses económicos (recordemos: la infraestructura económica determina la superestrucura política) por lo que la elección dista mucho de ser libre: los gobernantes son elegidos, no por el elector común, sino por el gran elector: la clase hegemónica.

Por lo anterior, todo miembro de la clase política que pretende allegarse al poder, detentado por la clase capitalista, requiere la aprobación de dicha clase. Por ello, en los hechos, el gobernante no gobierna: se convierte en la comparsa política de la clase a la que pertenece el poder. Así pues, todo aquél que reciba una constancia de mayoría para ejercer un cargo público, en realidad recibe la venia de la clase hegemónica, a quien previamente convenció de su docilidad y mansedumbre, que no pone en riesgo el sistema. Ello explica el intenso cabildeo realizado por los candidatos, quienes deben convencer a la clase dominante sobre la inocuidad de su “proyecto”. En México, los principales candidatos han sido aprobados por la clase capitalista, dado que todos se han manifestado a favor del libre mercado, el respeto a la democracia y la creencia en la libre elección de los gobernantes. Es decir: reproducen los valores de la clase dominante sobre los pilares del Estado burgués. La principal “amenaza” para la clase capitalista la representaba Andrés Manuel López Obrador pero, en los hechos, se ha plegado a los intereses de la clase hegemónica, dado que ha incorporado a su grupo a la plutocracia vía Alfonso Romo, a la burocracia vía “Napo” o Elba Esther Gordillo, al “duopolio mediático” de Azcárraga Jean y Salinas Pliego y a la clase política dando cobijo a priístas, panistas y/o perredistas en fuga o yendo "a la cargada"; incorporaciones que le dan el visto bueno del sistema. De los otros candidatos poco o nada hay que decir, dado que en los hechos son apéndices de la clase dominante.

Así las cosas, las elecciones del primero de julio en México son una representación más del “dulce engaño” con el cual se ilusiona y enajena a la clase explotada, mediante el bombardeo de propaganda (“Vota libre”, “Tu voto cuenta”) difundida a través de los aparatos ideológicos del estado. Es un “dulce engaño” pues, en los hechos, la clase dominante y sus intereses económicos permanecen intocados.

Referencias
Althusser, Louis. “Ideología y aparatos ideológicos del Estado (notas para una investigación). México, Siglo XXI, 2016.
-----------------------. “Práctica teórica y lucha ideológica”. México, Siglo XXI, 2016.


por Jaime Magdaleno