29.11.12

Orange Crush


Di un gran despeje. El balón salió disparado hacia la azotea de la vecindad. Fui por él entre zapes y mentadas de madre de mis compañeros de equipo. El balón estaba incrustado entre los tanques de la señora Nicolasa, mamá de Luisito; un niño bajo y delgado, al que siempre le pegábamos por ser el que tenía los mejores juguetes de la vecindad (también por ser el más educado). Doña Nicolasa vivía en la única casa de la azotea. Cuando me acerqué por el balón vi entre las cortinas de su ventana, cómo se besaba con un señor. Un hombre que nunca había visto por la vecindad.

Eran largos besos. Después de un rato, se separaron. El hombre comenzó a besar unos pechos grandes. Pechos expuestos con los que jugueteaba el hombre. Los lamía y después los apretaba contra su cara. Su bigote espeso los iluminaba. Con un movimiento torpe y brusco, Doña Nicolasa le quitó unos pantalones azul claro con el logotipo naranja de la “Orange Crush”. Al mismo tiempo, el repartidor de refrescos la despojaba de sus calzones. Calzones grandes, que le quitaban belleza a sus firmes y redondas nalgas, sensualidad bienvenida al momento de la estocada. Como si cargara tres rejas llenas de refresco “Orange Crush”, la cargó de las nalgas. Parado, la cargaba y la embestía abriéndole las nalgas. Doña Nicolasa, quedando de frente a una imagen de la Virgencita de Guadalupe, la miraba. Era como si se mofara de la imagen. Como sí se burlara de ella misma. La introspección fue interrumpida sorpresivamente. Ahora el bigote del repartidor de refrescos estaba en las nalgas de Doña Nicolasa, recorriéndolas hasta llegar al clítoris. Pude sentir como los bellos de su pubis se le erizaban. El repartidor la puso en una nueva posición, encontrando sus nalgas de frente. Cuando más rápido la penetraba le dijo: “me  voy a venir”.

—No te vengas puto, no mames, métemela más -—le contestó Doña Nicolasa. Y después el orgasmo.

Pinche orgasmo, eres contradicción, sólo eres un vínculo. Orgasmo que tienes la dádiva de volver sensible el egoísmo, ¡eres  perdición!

Mi pensamiento fue interrumpido con una patada en el culo, que durmió toda mi columna vertebral.

—¿Por qué no contestas, pendejo? ¡Te estamos gritando! ¡Ahora ya no juegas, por pendejo!

Las lágrimas me brotaban, causadas por el dolor de la patada en el culo, mientras se retiraban con el balón. Cuando volteé a hacía la ventana de Doña Nicolasa, las cortinas estaban cerradas. Nunca más se abrieron.


por Jaime Martínez

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